Lee este interesante artículo de Yolanda Tamayo, que trata sobre las épocas de nuestra vida.
Yolanda Tamayo
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
(Antonio Machado)
Cada día realizaba el mismo trayecto, un camino sobradamente conocido por mí, trillado y rutinario. Sin embargo, aquella mañana de abril al cruzar el parque me sorprendió los destellos coloristas de un árbol que antes no había visto. Rosadas flores coronaban su copa y regalaban al paseante una vista realmente preciosa.
De vuelta a casa pregunté a mi padre; el mejor de todos los jardineros, que árbol era aquél que tan gratamente me había sorprendido en la mañana. Ciclamor, contestó tras mi breve pero precisa descripción.
Al día siguiente cuando lo volví a ver ya no me resultó desconocido pero me siguió pareciendo hermosísimo.
Estaba ahí, había permanecido ante mí durante todo el invierno, aún así, nunca me había fijado en él, era como si de la noche a la mañana mágicamente alguien lo hubiese traspasado hasta aquel parque.
La primavera tiene la virtud de ataviar de color lo que el invierno desnuda. Extiende una capa de tintes luminosos sobre la vegetación entristecida colmando de tonalidades y aromas el aire enmohecido que nos deja la época invernal.
Nuestra existencia se asemeja mucho a estos ciclos estacionales. Pasamos por períodos de esterilidad y frío, de desplomes anímicos. Atravesamos momentos en los que somos heridos por el fuego de las aflicciones, trazos de vida en los que sentimos como el paso de una estación a otra nos lleva al desánimo y al agotamiento. Pero cuan grato es sentir en nuestras vidas el florecer de las ilusiones, la calidez de las promesas cumplidas, el reverdecer de los sueños amordazados durante el riguroso tiempo gélido.
Sabiamente escribía Salomón : “Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue ; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido…”
La primavera debiera ser un estado que continuamente enardeciera en la vida, un sentir que llenara de vigor nuestra existencia prolongando el deseo de ser fructíferos. Cuando dejamos que nuestras vidas permanezcan en un continuo otoño, reflejamos el tono ocre de un corazón que se mustia y deshoja, no estamos mostrando que somos hechos a semejanza de Dios.
Irremediablemente hemos de pasar por diferentes períodos; es positivo y necesario ser aleccionados por medio de la tribulación, lo triste es permanecer en un continuo estado invernal, de completa frialdad, o en un abrasivo desierto donde la sed se convierte en una necesidad extrema.
Fomentar la primavera en nuestras vidas ha de ser una premisa a la que debemos otorgar prioridad, una vida en continuo florecer, deseosa de dar frutos cual semilla en buena tierra.
Ser, como ese viejo olmo de quien escribió Machado, hendido por el rayo
y en su mitad podrido, pero aún así, agradecido por la lluvia y el sol, ofrenda en primavera algunas hojas verdes.














El Señor nos Bendijo con Victoria.... ..Crónicas 18:13

















